Introducción

“La vida es el arte del encuentro,

aunque haya tanto desencuentro por la vida.”

Vinicius de Moraes

La existencia de los seres humanos se construye con incontables encuentros. La mayoría de ellos son etéreos, pasan al olvido de manera casi inmediata, otros se convierten en la base de una relación que, con algo de suerte, puede ser duradera.

Posiblemente nos hemos encontrado en algunos de esos momentos con diversas expresiones artísticas como: pinturas, esculturas, fotografías, poemas, novelas, obras musicales o arquitectónicas. Muchas veces, después de apreciarlas por unos segundos, se desvanecen en el tiempo sin darles un lugar en el cajón de los recuerdos.

Sin embargo, existen ocasiones en que nos cruzamos con una obra que tiene la capacidad de detener el tiempo, genera una colisión de emociones que rompe el silencio y quiebra la monotonía de la rutina. Basta que ese pequeño instante nos embargue para dejar una marca imborrable en nuestra vida. Es ahí cuando surge la experiencia estética, por medio de ella, se puede apreciar el enorme poder del arte y entonces este adquiere un nuevo sentido. Comienza una verdadera comunicación con el creador de la obra y sus sentimientos, lo que origina una experiencia que va más allá de una simple reflexión.

En esos pequeños momentos existe una verdadera comunión entre los artistas, que tienen el don de colocar la inmortalidad en su obra y nosotros, afortunados, al recibirla. Son encuentros en cierto modo eternos, en los cuales adquirimos una de nuestras máximas dimensiones como seres humanos y tocamos, por un frágil segundo, la divinidad.